MÍTICO ESCRITOR PERUANO

autor de una serie de libros relacionados con las enseñanzas de Don Juan, presunto chamán yaqui, es aquel que se recorre por el solo placer de hacerlo, aunque no conduzca a ninguna parte. Si tiene corazón, el camino es bueno; si no, convierte a quien lo transita en víctima de la vida. El camino laboral con corazón está construido sobre fortalezas, no sobre debilidades.   Se fluye con él porque vocación y aptitudes parecen haber sido especialmente diseñadas para el trabajo que se está realizando. Tiene corazón porque lo ejecutado en el aquí y en el ahora es un fin en sí mismo y no sólo un medio para lograr otros fines en sitios y tiempos distintos al presente que ahora se vive. Recorriéndolo, se siente que se crece como ser humano y profesional, porque a través del hacer, se es cada vez más. El buen trabajo, el trabajo con corazón, produce resultados tangibles para los demás; lo que entregamos nos enorgullece, porque sentimos que estamos colaborando a mejorar la condición humana. ¿Es nuestro trabajo un camino con corazón? ¿Lo seguiríamos recorriendo aunque no tuviésemos necesidad de trabajar para vivir? Si nuestro camino tiene corazón nuestra vida laboral es como una danza, que se baila por el placer de bailar; si no lo tiene, es como una sesión de aeróbicos musicalizados, algo que hacemos para rebajar de peso o fortalecer el músculo cardíaco y no por el placer de bailar. Si nuestro trabajo tiene corazón somos seres humanos afortunados, si no lo tiene debemos abandonarlo antes que él termine con nosotros. Nuestra mayor obligación laboral es ser fiel a nosotros mismos, aunque para ello tengamos que ser infieles a las expectativas que otros tienen sobre nosotros. Tenemos derecho a expresar a plenitud nuestro ser en un trabajo que nos haga bendecir la vida. Felicidad laboral, en ese contexto, implica estar haciendo lo que haríamos gratis, y tener alguien que nos pague por ello.

¿QUE NO SE PUEDE?

Tanto si creemos que podemos, como si creemos que no, estamos en lo cierto porque las posibilidades e imposibilidades radican principalmente en nuestra mente, no en la realidad objetiva del mundo en el que vivimos. Son opiniones sobre nosotros mismos, no realidades objetivas, pero se convierten en ellas al conjuro de las decisiones que surgen de las creencias que tenemos sobre nosotros mismo, y las fronteras que las mismas nos trazan.

Aprendemos con las experiencias de sufrimiento o armonía de nuestra vida cotidiana. Si los resultados son amargos, la experiencia se repetirá hasta que el dolor de la frustración por no ser el que potencialmente somos, nos saturen. Entonces estamos listos para asumir el riesgo de cambiar. Todos nosotros tenemos las llaves de las cerraduras que creemos debemos abrir para convertir nuestros sueños en realidades.

Nadie hará por nosotros lo que nosotros no hagamos por nosotros mismos. Empecemos ahora, trabajando nuestro interior ya mismo; mañana puede ser tarde, pues corremos el riesgo de disfrazar de seguridad el temor de asumir el riesgo de ponerle corazón a nuestro camino.

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