CÓMO MEDITAR

1. DETENER LA ACCIÓN

Meditar es desembragar las ruedas del pensamiento y poner una marcha más corta y lenta que la que estábamos utilizando; es apaciguar las olas del estanque de la mente hasta que el agua permanezca clara, tranquila y profunda. A diferencia de lo que sucede con los pasatiempos favoritos propios de las evasiones habituales, la meditación nos obliga a estar a solas frente a nosotros mismos.

Con ella sucede lo mismo que con el aprendizaje de cualquier habilidad nueva. Los primeros intentos suelen ser desalentadores y la tentación de abandonar puede ser abrumadora. Sin embargo, aún no he conocido a nadie que con perseverancia, no haya conseguido alcanzar un nivel aceptable. En estas páginas nos vamos a ocupar de los aspectos más simples de la meditación. No trataremos aquí sus matices religiosos, redentores o iluminadores. Hay quienes piensan que la meditación es una forma de establecer contacto con la Realidad situada más allá de la religión y que, por lo tanto, la consideran como una parte fundamental de su vida espiritual. Otros prefieren pensar en su valor psicológico aquí y ahora, en esta realidad y este mundo. Ambas visiones son correctas.

Las discusiones filosóficas son sutilezas sobre palabras y conceptos, no la cosa misma. Es mucho mejor meditar y dejar que la misma meditación nos muestre su significado y su valor. Incluso los meditadores más experimentados pueden atravesar severas crisis de distracción, preocupación y aridez. Como cualquier gran arte, la meditación es una lucha no siempre recompensada. La meditación puede modificar la percepción habitual del espacio y del tiempo. El tiempo puede transcurrir más aprisa, o más despacio, de lo habitual. El sujeto puede tener una sensación de “ligereza” o incluso de flotar en el espacio. La conciencia de las funciones corporales automáticas, como la respiración, el latido cardíaco o el pulso, por ejemplo, pueden incrementarse.

Es posible que el sujeto pueda “ver” la actividad de la mente como si estuviera observando el desfile de sus pensamientos proyectándose, como si fuera una película, en una especie de pantalla. A medida que la meditación va profundizándose puede aparecer una gozosa calma. Finalmente, al terminar la meditación, el sujeto generalmente nota que ha sufrido un cambio: las cosas se ven diferentes, se sienten diferentes y los problemas ya no son iguales que cuando la comenzó. Habitualmente nuestra conciencia está ocupada con las cosas externas que nos aportan los datos sensoriales, o con sus reflejos internos: nuestros pensamientos, emociones y recuerdos.

Durante la meditación la conciencia intenta, deliberadamente, liberarse de todo aquello y ser lo que es: pura conciencia. Otro punto importante de la meditación es que, cuando el yo se coloca en el punto de vista del observador, contempla todo el panorama de su actividad desde una perspectiva más elevada. Al verlo todo desde una posición superior, tenemos una idea más completa del funcionamiento de la mente hasta el punto de llegar a comprender que no debemos identificarnos con las funciones corporales ni intelectuales. Con la meditación, el yo contrarresta sus conflictos y disfruta de un reposo terapéutico siendo el mismo. La meditación es una pausa saludable de la acción.

Algunos estudios han sugerido que media hora de meditación profunda puede tener un efecto tan reparador como varias horas de sueño. En una ocasión, Blas Pascal afirmó: “He descubierto que todos los males humanos proceden de la incapacidad del hombre de permanecer sentado en silencio”. Quienes pueden sentarse en profunda y completa calma, no hacen daño a nadie y, cuando salen de nuevo al mundo, rebosan calma y tolerancia. Esta concepción de la meditación como mente serena, como mente en reposo, difiere de algunas ideas que suelen tenerse sobre el tema. Para mucha gente, meditar significa pensar mucho, tener revelaciones o pensar profundamente en verdades sagradas. Creo que la meditación no debe ser considerada como un don extraño y aislado, sino como un estado normal y accesible. No hay la menor duda de que existen niveles excepcionales de meditación que sólo pueden alcanzar los grandes santos, pero ése no es ahora nuestro tema.

Desviemos nuestra mirada de la flora y fauna exótica del misticismo y dediquémonos a la tarea de ayudar a que cualquiera, incluidos los principiantes, puedan conectar con su propio ser interior. Esto significa descubrir, para nosotros y para los demás, como serenar la mente, como dejar de pensar sin perder la conciencia de nosotros mismos.

2. LA SESIÓN DE MEDITACIÓN

Una de las frases más importantes jamás pronunciadas es la inscripción grabada en el dintel del oráculo de Delfos. “Conócete a ti mismo”. La meditación es un camino real que puede conducirnos a este objetivo. La primera condición para que la meditación produzca sus efectos es tener el vivo anhelo de auto-conocerse, de cambiar y estar dispuesto a ello. No obstante, para comenzar a meditar en serio no debes esperar a modificar totalmente tu estilo de vida de la noche a la mañana. Estás dispuesto a empezar a meditar. ¿Qué debes hacer? Primero debes decidir cuánto y dónde, dos decisiones importantes que requieren una adecuada consideración. ¿Cuánto tiempo? Para comenzar a meditar no es adecuado que permanezcas más de veinte minutos.

Eso tampoco significa que tengas que utilizar obligatoriamente un despertador o que debas ser rígido y demasiado exacto con el tema del tiempo. No es ningún pecado estar más tiempo de la cuenta de vez en cuando. Si una meditación está yendo bien y quieres seguir en ella, hazlo así aunque el tiempo haya transcurrido. Si un determinado día no estás dispuesto sinceramente para la meditación y, pese a ello, lo intentas, estás haciendo exactamente lo mismo que si te forzaras a comer teniendo náuseas. En un caso así para no distraerte mirando continuamente el reloj es mucho mejor que pongas un despertador que te avise cuando haya transcurrido el tiempo que destines a tu meditación y suspenderla cuando suene; pero es mejor aún utilizar el reloj interno.

Tu mismo inconsciente puede avisarte si, antes de comenzar, tú mismo señalas el tiempo que quieres estar meditando. Este reloj interno funciona de modo sumamente exacto en muchas personas. Conviene que medites cuando dispongas de veinte minutos libres de las interrupciones cotidianas y cuando, según tu propio ciclo personal, estés más predispuesto. Esto puede variar según las personas. Hay quienes prefieren meditar a primera hora de la mañana, quizá mejor antes de que nadie se haya levantado. Este es un rato libre y tranquilo y la meditación es una forma excelente de comenzar el día.

Hay otros que les gusta aprovechar los últimos minutos de sueño matutino. Si perteneces a este último grupo sé sincero contigo mismo y busca cualquier otro rato para meditar. Es importante meditar diariamente a la misma hora. Esto forma parte de la moderada disciplina que requiere toda buena meditación. De ese modo se va grabando un patrón que permite que los beneficiosos efectos de la meditación puedan generalizarse al resto de tu vida. Sin embargo, una vez más, conviene insistir en que no te conviertas en un fanático. Si un día determinado debes o quieres cambiar la hora de tu meditación, hazlo. ¿Dónde? El lugar también es importante. Del mismo modo que conviene meditar regularmente a la misma hora, también conviene hacerlo en el mismo lugar.

Esto forma parte de la psicología de consolidar un hábito al establecer asociaciones con el lugar que en el que meditas. Idealmente debería meditarse en algún lugar que no se utilizara para nada más. Si la idea de meditar en un lugar especial te parece demasiado complicada, no te preocupe el meditar en la sala de estar o en el dormitorio. El ruido continuo no es malo, lo peor es el ruido agudo irregular, como los ruidos secos de la cocina o las voces de personas o de la televisión, ruidos que llaman nuestra atención. Trata de evitarlos.

El lugar debe estar razonablemente limpio y ordenado. Un lugar desordenado refleja y crea, de un modo sutil pero inevitable, una mente desordenada, incapaz de concentrarse y de resolver problemas básicos. Por último, el lugar también debe ser íntimo. No hay nada más desastroso para la meditación que la presencia de otras personas que no estén meditando. Por supuesto, si estás meditando con otra(s) persona(s), la cosa es completamente diferente. En este caso, la presencia de otros meditadores puede fortalecer poderosamente tu meditación. POSTURA Una vez determinados el lugar y la hora, sólo falta precisar la postura más adecuada. En Oriente la posición más habitual para meditar es sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, mientras que en Occidente, la asociación existente entre meditación y oración ha favorecido el que se medite arrodillado en un reclinatorio o sentado en una silla. En cualquier caso, lo único que hay que tener en cuenta es que la posición no debe producir dolor ni tensión, ni tampoco debe ser tan relajada que te adormezcas.

La postura debe ser tan estable que te permita permanecer sin oscilaciones durante el período calculado y debe despertar en tí las asociaciones adecuadas. Si te sientas en el suelo hazlo sobre un pequeño cojín, sólido y firme. Gradualmente la musculatura de tus muslos irá distendiéndose. En ningún momento debes forzar la postura, porque puedes lastimarte. Si te sientas en una silla, utiliza alguna que no destroce tus huesos, sino que sea lo suficientemente firme como para permitirte permanecer alerta. Los sofás y los sillones son para leer y dormitar, no para meditar en ellos. Una silla recta, con un asiento acolchado y sin brazos, como las sillas típicas de comedor, por ejemplo, puede ser adecuada. Siéntate con las piernas y pies paralelos y con las plantas de los pies apoyadas en el suelo, sin cruzar las piernas. Tanto si te sientas en el suelo, o en una silla, como si te arrodillas mantén la espalda erguida, aunque no tan tiesa como un soldado desfilando. Una mala postura puede influir negativamente en la actitud mental. Si estás sentado en el suelo, puedes apoyar la espalda, si lo deseas, contra una pared. Si estás arrodillado, mantén ambas espinillas paralelas al suelo con el cuerpo derecho de tal modo que forme, a partir de las rodillas, un ángulo de noventa grados con el suelo. ¿Qué hacer con las manos? En las distintas escuelas de meditación se dicen muchas cosas sobre la posición de las manos, incluso en alguna de ellas están cargadas de significado simbólico.

En la meditación Zen, por ejemplo, la posición de las manos, apoyando la izquierda sobre la derecha y presionando las yemas de ambos pulgares para cerrar el círculo, llamada “luna llena”, es un emblema del Nirvana, y en el cristianismo, la posición propia de la oración, con las dos palmas de las manos juntas, sugiere claramente una actitud de súplica.

Si para ti es significativo un gesto de este tipo, no dudes en hacerlo, pero sin olvidar que para la meditación lo único importante es que las manos permanezcan relajadas. Las manos pueden permanecer cerradas descansando en el regazo o apoyadas sobre las rodillas. La cabeza debe estar recta o levemente inclinada hacia delante. La boca debe permanecer cerrada. En cambio, los ojos pueden estar abiertos o cerrados. Hay quienes no pueden meditar sin cerrar los ojos (levemente cerrados pero sin apretarlos), para otros, sin embargo, esta posición produce somnolencia, visiones, distracción, imágenes retinianas y, en general, todo tipo de impedimentos para poder llevar a cabo una buena meditación. Estos últimos prefieren mantener los ojos abiertos, o, mejor aún, semiabiertos, y concentrarse en algún objeto concreto como, por ejemplo, una vela, una imagen, una pared blanca o, en el caso de que mediten inclinando levemente la cabeza hacia delante, en el mismo suelo desnudo situado frente a ellos.

EL COMIENZO

¿Cuál es el próximo paso? Hay personas a las que les gusta encender una barrita de incienso porque consideran que las connotaciones religiosas de su aroma favorecen su meditación. Si éste es tu caso puedes hacerlo así, pero es mejor que te abstengas si te resulta demasiado extravagante. A continuación empieza a respirar lenta y profundamente desde el abdomen. La respiración es muy importante para una buena meditación. La respiración regular tiene un efecto calmante y una respiración profunda aumenta la oxigenación y, por lo tanto, te mantiene tranquilamente despierto y alegre. Sin embargo, como sucede con cualquier otra cosa, conviene ser moderado en el control de la respiración. No respires tan profundamente que te resulte agotador ni tan regularmente, como para terminar hipnotizado. ¿Qué debes hacer con la mente? Recuerda que el propósito de la meditación no es pensar, aunque se trate de pensamientos hermosos o inspirados, sino descansar la mente y permitirle retornar a su estado natural, la mente serena, sin pensamientos. En la meditación no debes hacer nada en particular.

Cada vez debes hacer menos cosas, hasta que la mente vaya disminuyendo su velocidad y al final te encuentres reposando en paz. Para lograr esta meta dispones de una gran diversidad de métodos, algunos de los cuales veremos a continuación.

El primer método que puedes utilizar es contar las RESPIRACIONES. Cuenta tus respiraciones -uno al inspirar, dos al espirar, etc.- en voz baja, hasta llegar a diez, y luego vuelve a comenzar de nuevo. Esto puede parecerte absurdo, pero te sorprenderás de la facilidad con la que puedes acceder a otros niveles de conciencia. Además, este método también puede hacerte consciente del poco control que tienes sobre tu propia mente.

Quizá pierdas la cuenta o te olvides de contar y entonces comprendas que hasta algo tan sencillo como contar las respiraciones requiere un esfuerzo. Si pierdes la cuenta o tu mente divaga, no te sientas culpable por ello ni tampoco te desanimes o te enfades. Todo está bien. Vuelve de nuevo a uno y comienza otra vez. Durante diez minutos intenta contar tus respiraciones de uno a diez, sin olvidar ninguna y sin pasar de diez. De esta manera tu capacidad de concentración, tanto durante la meditación como fuera de ella, puede mejorar notablemente. Existen distintas variantes de este método, dos de las cuales son contar solamente las inspiraciones. Otra contar hacia atrás, de diez a uno, como en los vuelos especiales.

Esta última variante tiene además un par de connotaciones interesantes: preparar a la mente para iniciar una exploración interna y sugerir el retorno de la multiplicidad a la Unidad. Veamos ahora otra técnica que exige dominar la anterior. Cuando hayas aumentado tu capacidad de concentración y puedas contar fácilmente tus respiraciones de uno a diez sin perderte, puedes comenzar a trabajar con ella. Se trata sencillamente de que prestes atención a tu respiración, sin contar, siguiendo mentalmente el flujo del aliento, inspiración y espiración, hacia dentro y hacia fuera.

El objetivo real de estas técnicas es lo que a veces se llama concentración en un punto. Nuestro problema habitual es que la mente no descansa en un punto, sino que brinca frenéticamente. Al meditar, lo primero que debemos hacer es apaciguarla enfocándola sobre un punto que pueda detener esa actividad errante. Debe ser algo tan simple, tan a mano y tan vacío de significado como la respiración. No interesa concentrar la atención en un punto que pueda disparar un torrente de pensamientos. Además de la respiración dispones también de otros posibles objetos de atención.

Uno de ellos es la POSTURA. Sin pensar, simplemente sé consciente de tu estabilidad, de tu arraigo en tierra, de tu calma. Mantente como un punto inmóvil en el centro del universo, ya que, si el universo es infinito, el centro puede estar en cualquier parte. Siente tu postura, eso es todo. Toma conciencia de tu serenidad y de tu extraordinaria existencia física y mental. Cuando te resulte muy aburrido contar las respiraciones, o concentrarte en la postura puedes utilizar una técnica diferente que para ti tenga más sentido.

En este caso, el uso de un MANTRA o de una corta frase puede ser útil para principiantes. Un mantra se pronuncia en silencio, mentalmente, o, en todo caso, moviendo levemente los labios. No se trata de pensar en él sino de recitarlo. Mantén el mantra como objeto tranquilo y relajado de tu atención, repitiéndolo mentalmente una y otra vez. Un mantra puede ser una sílaba o una frase totalmente carente de significado.

En este caso la técnica es la misma que la de contar las respiraciones o que la de fijar la atención en la respiración. Sin embargo, un mantra también puede ser una palabra o una frase que despierten asociaciones positivas. Esta práctica, no obstante, conlleva el peligro de que aun en contra de tu voluntad, comiences a pensar en su significado. Si, a pesar de ello, puedes mantener en silencio el discurso mental, su sentido penetrará suavemente, sin tener que pensar en él, profundizando en tu meditación y en tu vida. Eso es lo ideal. En este caso tenemos varias posibilidades. A mi esposa, cuáquera como yo, le gusta utilizar la frase “Deja que tu luz resplandezca a través de mi” una reminiscencia del énfasis cuáquero en la Luz Interna. También puedes repetir simplemente la palabra Uno… “Uno… Uno… Uno…”, en su significado absoluto. Un Dios, un universo, un ser indivisible, la unidad de todos los seres. Una muy común en la tradición cristiana, es la repetición del nombre “Jesús… Jesús… Jesús…”, una y otra vez, como solía hacer San Francisco de Asís en su meditación. Otros cristianos prefieren utilizar la doxología, “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…”, o frases como “Amor de Dios” o “¡Loado sea el Señor!”. A otros les gusta salmodiar frases que tienen significado pero no precisamente en el idioma del meditador.

El sánscrito Om Mani Padme Hum, “Om, la Joya del Loto”, representa la unión del Absoluto y el mundo fenoménico. El arábigo Al La Akbar (Dios es Grande), el griego Christe Eleison y monosílabos tales como el sánscrito Om, que representa a Brahma, la misma realidad absoluta, y su contrapartida chino-japonés Mu, que significa la Vacuidad, el Vacío budista que también es todas las cosas, son también empleadas. Ciertas tradiciones espirituales, especialmente las orientales, recalcan que sólo un gurú o un maestro con una comprensión profunda del carácter del estudiante, puede asignar un mantra adecuado.

También afirman que los mantras son palabras de poder y que sus sonidos están sintonizados con campos de fuerza espiritual que existen en el cosmos y que ciertos mantras, los sánscritos, por ejemplo, tienen poder en sí mismos y son eficaces tanto si los comprendemos como si ignoramos su significado. No hay nada malo en usar un mantra tradicional sánscrito ni incluso en recibir uno de un gurú. Sin embargo, nuestro propósito en este libro es presentar la meditación a los occidentales, y este tipo de ideas pueden resultar demasiado extrañas como para serles útiles. Utiliza el mantra que más te guste o hazte uno a tu medida.

Creemos que un mantra puede funcionar perfectamente tanto por el significado que se le atribuya como por las asociaciones que suscite. Pronuncia el mantra lenta, continua y rítmicamente, sin reflexionar en él. Hay personas, tanto católicas como no católicas, que utilizan un rosario, como apoyo para su meditación, pasando una cuenta cada vez que pronuncian el mantra. Quizá sigas recitando el mantra aun después de haber finalizado tu meditación formal, y es también posible que en otros momentos del día, mientras trabajas o haces cualquier otra cosa, el mantra persista en tu mente. Mientras esto no se convierta en una obsesión es perfectamente correcto porque, mientras recitas el mantra, la paz y la fuerza propias de la meditación también están presentes y ésta es una forma en la que los beneficios de la meditación pueden transmitirse al resto de tu vida.

3. SESIÓN PARA AVANZADOS

Si sientes que ha llegado el momento para pasar a algo más que contar las respiraciones, estar atento a la respiración o a los mantras, puedes utilizar otro tipo de ancla para tu mente, algo que te abra a nuevos aspectos de la conciencia meditativa. Veamos varias posibilidades.

OBJETOS VISUALES

Uno de los métodos más utilizados para la meditación “centrada en un punto” es concentrar la mirada en la llama de una vela. El brillo suave y resplandeciente de la misma proporciona un objeto ideal para la concentración visual, lo que, a su vez, facilita que la mente se detenga. Posa tu mirada suave y fijamente en la llama. Durante todo el tiempo que dure la meditación trata de no esforzarte, bizquear ni desviar la mirada, excepto para parpadear. Evita las tensiones y las distracciones. Mientras estás concentrado en la llama de la vela, puedes seguir atendiendo a las respiraciones, recitando mantras o simplemente observando cómo, inducida por la vela, la mente va aumentando su profundidad.

Para practicar la concentración visual no es absolutamente necesario utilizar una vela. La mirada puede concentrarse en cualquier otro objeto, un rincón de la habitación, una mancha de la pared, etc. En la tradición budista Theravada se utilizan pequeños discos de colores. Cada color tiene un efecto psicológico diferente, de modo que, al elegir uno u otro y meditar en él, puedes influir, discreta y sutilmente, en tu estado de ánimo. Si estás nervioso y necesitas calmarte, prueba con el color azul o el gris. Si necesitas energía, utiliza el naranja o el rojo.

Si estás melancólico y quieres elevarte a un estado de conciencia feliz o exaltado, utiliza el color dorado o el plateado. Mira al disco y al mismo tiempo cuenta tus respiraciones, atiende a ellas o recita un mantra. Pueden utilizarse también imágenes, estatuas o símbolos, como una cruz o una estrella, por ejemplo, como objetos de meditación. Sin embargo hay dos razones por las que conviene elegir con cuidado los símbolos sobre los que se va a meditar. En primer lugar, existe el peligro de que el contenido del objeto elegido pueda activar el pensamiento reflexivo y eso, aunque bueno en sí mismo, puede dificultar el principal propósito de la meditación: no pensar. En segundo lugar, es muy probable que el contenido del objeto afecte, aunque sólo lo haga subliminalmente, el estado de ánimo y la interpretación filosófica de la meditación. Así pues, si elegimos meditar sobre un cuadro de montañas y arroyos, sobre un crucifijo, o sobre el símbolo sánscrito Om, nos estamos encaminando hacia el Misticismo Natural, la Meditación Cristiana o la Meditación Hindú.

De este modo la meditación, en lugar de ser una autoexploración informal, puede convertirse en un ejercicio que profundice tu crecimiento interno en el seno de una determinada tradición con la que previamente te hayas comprometido. No hay nada erróneo en decidir seria y deliberadamente dedicarse al misticismo natural, el cristianismo o el hinduismo; sin embargo, debes ser consciente del tremendo poder subliminal de los símbolos y no utilizarlos a menos que sepas lo que estás haciendo. Si tienes habilidades pictóricas o artísticas también puedes dibujar o hacer tu propia imagen o símbolo; de ese modo tu estilo será más personal y también lo serán tus meditaciones. Si no obstante, te basta con practicar la meditación por el simple hecho de que te renueva mentalmente o para ver adónde te conduce, no utilices símbolos ni imágenes cargados de significado.

Los monjes Zen meditan frente a una pared desnuda y san Antonio meditaba en una caverna vacía. En todas las tradiciones espirituales, la mayoría de las almas santas han prescindido de los objetos externos de piedad para encontrar a Dios. Haz lo que tengas que hacer de un modo natural y relajado; lo importante es la meditación. SONIDOS Según mi experiencia y por lo que conozco de la experiencia de otros, los sonidos artificiales no son buenos; pero los sonidos naturales continuos y regulares pueden ser extraordinariamente benéficos. Las dos alternativas artificiales, la música y el uso de un tono continuo o rítmico, no funcionan muy bien en la práctica.

La música puede ser relajante y renovadora en sí misma, pero no se ajusta al tipo de meditación que tiene por objeto detener el pensamiento. La música, aun siendo una música suave y “meditativa” induce a un estado de duermevela, no al verdadero silencio. Si quieres escuchar música, hazlo antes o después de la meditación, no mientras meditas. El problema de la música es que la melodía discurre y te lleva consigo, lo que dificulta la concentración en un punto. Por este motivo hay quienes han propuesto sonidos artificiales “puntuales” para focalizar la meditación. Las asociaciones que suscita este tipo de artificios son negativas pues producen un efecto más hipnótico que meditativo. Por supuesto que existen paralelismos obvios entre la hipnosis -especialmente la autohipnosis- y la meditación, pero también hay importantes diferencias. La autohipnosis puede ser un procedimiento muy bueno y útil, pero tiene un objetivo diferente al de la meditación. La autohipnosis suele estar orientada a alterar la conducta poniendo al sujeto en un estado de conciencia semionírica en el que se eliminan sus barreras habituales y se le deja abierto a la sugestión.

La meditación, en cambio, detiene el pensamiento y conduce a un estado muy abierto y alerta, no a la sugestión sino a la experiencia de la realidad de uno mismo y del mundo. Por otra parte, no hay nada mejor que el golpeteo constante de las gotas de lluvia sobre el tejado o el canto regular de los grillos y las cigarras, el piar matutino de los pájaros, el sonido de las olas al golpear la playa o el gemido suave del viento en los árboles.

Si puedes abrir tus oídos y meditar en este tipo de sonidos, bendito seas. No escuches el sonido, mantente simplemente en él como un piloto en su rumbo y continúa así durante toda la meditación. Escuchando sonidos naturales nos elevamos y expandimos, tanto exterior como interiormente. Si deseas meditar valiéndote de un objeto auditivo, busca alguno que sea natural. LOS KOANS Tal vez el lenguaje humano, aunque sólo sea por su capacidad para la paradoja, pueda llevarnos todavía más lejos. El lenguaje lo mismo puede ponernos ante los límites de la mente humana que ante su potencialidad y, en ese sentido, puede producir un poderoso avance de la meditación. Nada ilustra mejor este punto que el uso de los Koans. Los Koans son una especie de acertijos enigmáticos o rompecabezas verbales utilizados como foco de la meditación por algunos practicantes del Zen.

Los koans sirven también, al mismo tiempo, para que la mente se experimente a sí misma de un modo nuevo. Ejemplos de koans son “¿Cuál es el sonido de una mano”? o “¿Cuál era tu rostro antes de nacer?” En la filosofía budista ambas preguntas tienen un profundo significado. El sonido de una mano es el silencio fecundo del mismo universo antes de que nuestra percepción medio ciega provocara su ruptura, y con ella la caída en el ruido de las “dos manos”, una confusión que nos hace ver muchas cosas separadas en lugar de distintos aspectos de esa unidad inimaginable. Tu rostro antes de nacer es tu verdadera naturaleza esencial, la que tienes ahora, la que siempre tendrás, la “Budeidad” eterna.

El objetivo de los koans no es pensar intelectualmente, sino sumergirte más y más profundamente en estas maravillosas paradojas. Mantén el koan en tu mente, sin pensar en él, repitiéndolo una y otra vez, como un mantra. La pregunta puede servir como objeto para enfocar la atención y, al mismo tiempo, puede provocar subliminalmente experiencias internas de hondo significado. Recuerda que, aunque esté formulado como pregunta, no debes contestar al koan, sólo debes repetir una y otra vez la pregunta. Un koan muy bueno, para preguntar, pero no para responder, uno que ha sido utilizado por algunos maestros Zen modernos y por incontables seres humanos a lo largo de la historia es “¿Quién soy yo?”. Hazte esta pregunta una y otra vez sin preocuparte por dar una respuesta intelectual. Esta pregunta puede operar por sí sola en la profundidad de tu conciencia, e ir eliminando, una tras otra, todas las posibles respuestas, mostrando que, tras cada respuesta a la interminable pregunta “¿Quién soy yo?” descansa otra todavía más profunda.

Este koan, al ser interminable, es muy poderoso, pero hay que tener cuidado con él. Es un compañero muy persistente que probablemente permanezca contigo aun después de haber finalizado tu meditación. En la medida en que profundices en él y vayas obteniendo respuestas subliminales que no puedes silenciar, y la pregunta vaya siendo cada vez más intensa, puedes llegar a aterrorizarte y pensar que te estás volviendo loco, pero poco a poco aprenderás a convivir con él. En ese momento su tremenda fuerza pasará a ser tuya.

El trabajo con los koans es difícil y debe realizarse con cuidado. No recomendaría a nadie que comenzara a meditar con esta técnica. Mi sugerencia es que comiences con las respiraciones, luego sigue con un mantra neutral y más adelante medita con un koan si ése es tu deseo. El proceso de llegar a dominar un koan hasta que su fortaleza llegue a ser la tuya es como atravesar una especie de locura temporal, porque su irracionalidad y su continuo preguntar sin obtener respuesta, parecen demoler todos los apoyos sobre los que se sostiene nuestra noción de que estamos en un universo racional que puede ser manejado de forma razonable. Por este motivo es que lo que las tradiciones espirituales han insistido en que los koans, como los mantras, sólo deben ser asignados por un maestro a un determinado discípulo y, que sólo deben ser practicados bajo su supervisión.

¿CON MAESTRO O SIN EL?

Los guías espirituales comprensivos y cualificados pueden ser de mucha utilidad. De hecho, muchos de ellos lo son; sin embargo, también los hay poco fiables. Además, existe también el peligro de que, con la vinculación a un maestro o a una maestra espiritual, se establezca una relación de dependencia que inhiba el propio crecimiento. La meditación no debe hacerte hijo de nadie, sino favorecer el crecimiento de tu libertad interior y de tu independencia. Quizá lo mejor que pueda hacer un maestro espiritual sea mostrarnos nuestras posibilidades evolutivas y, en ese sentido, ayudarnos a descubrir nuestra propia maestría.

Haciéndolo así podemos llegar a ser nuestros propios maestros. Con la ayuda de libros y amigos afines, tú mismo puedes elaborar el programa más adecuado para practicar la meditación y desarrollar tu vida interior. Si tienes confianza en ti mismo y te abres a tus mejores y más sinceras intuiciones, nadie mejor que tú puede averiguar el método, el foco de atención y el koan más adecuado para ti.

Es cierto que puedes cometer errores, pero lo mismo pueden hacer los maestros más reconocidos. Permanece atento a lo que estés haciendo y, si hay algo que no va bien, si no eres capaz de concentrarte o si te sientes más ansioso, más deprimido y tus miedos y fantasías insanas aumentan, detén la práctica, revisa tu programa y, en el caso de que el problema sea grave y persista, busca ayuda.

CUANDO LLEGUES, SIGUE ADELANTE

Cualquier meditación que te ayude a sosegar la mente y a experimentar parte de tu naturaleza esencial es una buena meditación. Preocuparte excesivamente por “avanzar” puede convertirse fácilmente en una obsesión que obstaculice el inmenso bien que puede proporcionarte una meditación simple, pero sincera. No es necesario practicar todas las técnicas ni explorar todos los rincones y grietas que aparezcan en tu meditación. En lo que respecta a la vida espiritual, lo que parece más avanzado en ti mismo o en los demás, si supone una mayor preocupación por tu ego, puede no serlo en realidad.

Esa es una tentación devastadora que ha obstaculizado el camino a muchos meditadores y también a muchos santos. No te preocupes excesivamente por tus distracciones. Sigue meditando calmada y tranquilamente. Si, en una determinada meditación, las cosas no van bien, no te atormentes ni pienses que debes cambiar algo, déjalo de lado y sigue con la práctica. Recuerda que la meditación es un estado vivencial, no un estado del pensamiento discursivo.

La meditación es un intento de conocer a Dios o la Realidad Ultima, no de fantasear sobre ella, aunque lo hagamos en un lenguaje teológico, filosófico o científico. Si así lo hiciéramos, inmediatamente nos alejaríamos de la experiencia directa y caeríamos en el campo de lo intelectual. Otra cosa que puede suceder cuando dejamos que la meditación nos conduzca es que a menudo, puede proporcionarnos intuiciones interesantes no sólo con respecto a problemas prácticos, sino también a dudas filosóficas o religiosas que nos preocupan.

Algunos maestros espirituales llaman a este tipo de meditación oración de escucha, o escuchar la voz de Dios. Puedes aumentar, a una media hora, por ejemplo, el tiempo dedicado a la meditación, aunque quizás, al comienzo, esto te produzca una cierta tensión. Deja que la misma meditación ponga la pauta. Si tu horario te lo permite y te sientes atraído por ello, puedes meditar media hora por la mañana y media hora por la tarde. No recomendaría que una persona normal meditara más de una hora al día. La meditación es algo esencial en nuestra vida, pero no es toda nuestra vida.

Hay que decir que incluso los frailes y monjas pertenecientes a las tradiciones más contemplativas no invierten mucho más de una hora al día en la meditación formal y que, en una persona normal, meditar más tiempo probablemente sea desproporcionado y escapista. Una hora, o incluso menos tiempo para la mayoría de las personas, basta para generar la suficiente energía para todo un día. Puedes aprender a hacer meditaciones puntuales de gran valor en cualquier momento y en cualquier lugar. Durante la meditación pueden tener lugar dos actitudes diferentes ante el mundo exterior, una cerrada y otra abierta. La actitud cerrada, de la que ya hemos hablado anteriormente, es una actitud necesaria para principiantes, aunque también hemos señalado que el sonido de la lluvia o de los grillos puede ser un excelente foco de meditación. La actitud abierta, por el contrario, es una actitud que nos permite llegar a sintonizar con cualquiera de los múltiples aspectos de la naturaleza. ¿Qué sucede con el sonido de gente riendo o hablando en la habitación contigua, de niños jugando en la calle, del tráfico o del ruido de las fábricas? Por supuesto que todos esos sonidos pueden distraernos.

No obstante, si a través de la cuenta de las respiraciones, de la atención a la misma, de los mantras o de los koans puedes acceder a un mayor nivel de conciencia, esos mismos sonidos pueden también ser útiles para tu mundo meditativo. En última instancia meditar no significa separarte del mundo, sino unirte a él en niveles más profundos, de tal modo que seas uno con todas las criaturas. Deja que la risa de la habitación contigua, los gritos de alegría y el ruido de las fábricas se presenten ante tí como el universo del que formas parte. Manténlo en tu conciencia. Una vez termines tu meditación, abandónalo.

El mejor lugar para iniciarte en la práctica de la meditación es una habitación cerrada. Luego, cuando hayas estabilizado razonablemente tu práctica, intentan un buen día salir al exterior y sentarte a meditar en la naturaleza. Si se trata de un parque público y quieres pasar inadvertido, medita simplemente sentado en una posición normal. Sé consciente de la naturaleza que te rodea y de sus mensajes. Abre los ojos y mira cada flor, cada hoja, cada pájaro y cada nube como son, sin interpretación subjetiva, tal como la verían un artista o un poeta, percibiéndola en sí misma, contemplando su forma, su color y su vibración. Otra posibilidad, relacionada con la anterior, es meditar deliberadamente en lugares poco habituales, lugares en los que quizá son más necesarios el amor y la paz de la meditación: las oficinas, los autobuses, los hospitales y aquellos lugares en donde sea común el delito.

Dar este paso requiere haber alcanzado cierta madurez en la meditación, pero es un paso muy importante y supone una gran oportunidad para tu propio crecimiento y para el crecimiento de las personas que te rodean.

5. LA MEDITACIÓN Y TU VIDA

La meditación puede afectar tu vida de dos maneras diferentes. En primer lugar, estableciendo un tono general que puede determinar la forma en que reacciones a cualquier acontecimiento, y en segundo lugar, proporcionándote un arma poderosa para solucionar problemas. Del mismo modo que un cubito de hielo termina enfriando toda el agua de un vaso, la meditación permite que la mente descienda unos pocos grados el nivel de tensión general, no sólo en los momentos posteriores a la meditación, sino durante todo el día. Esto significa que cualquier situación puede afrontarse sin tensión. La meditación te capacita para responder de modo diferente ante las situaciones difíciles. En primer lugar, te permite observar tanto la situación como tus pensamientos y sentimientos sobre ella de un modo objetivo, desde el exterior, como si estuvieras contemplando un espectáculo, del mismo modo que en la meditación observas cómo surgen y se desvanecen los pensamientos y, en segundo lugar, te sitúa en una condición mental despierta y flexible en el nivel más profundo, en el que todo sucede.

La meditación no sólo aporta paz mental, también puede proporcionar una poderosa y a veces perturbadora herramienta de autoconocimiento profundo. Los “pensamientos errantes” que inevitablemente van y vienen durante la meditación (y que en algunos casos no nos abandonan nunca) pueden ser pistas esenciales para descubrir recuerdos, sueños, fantasías, deseos y miedos existentes bajo el horizonte de la conciencia. Como sucede con el contenido de los sueños, esos “pensamientos errantes” pueden ser el símbolo, o la “punta del iceberg”, de poderosas fuerzas inconscientes que dirigen tu vida. Tus fantasías pueden indicarte lo que realmente quieres y qué tipo de persona eres o quieres ser. Pueden mostrarte cómo debes actuar en una determinada situación que parece frustrar tus deseos o tu propia estimación. Observando y analizando cuidadosamente cómo respondes en la meditación, puedes aprender muchas cosas útiles sobre ti mismo en cualquier esfera de la vida.

Las malas meditaciones no existen. Incluso en el caso de que la mente parezca tan incontrolable como un potro salvaje o de que el tedio se dispare, puedes aprender muchas cosas sobre ti mismo. En realidad, puedes llegar a sentir que esas meditaciones son más provechosas para tu vida que las “buenas”. Veamos ahora la relación que puede existir entre otros aspectos de tu vida y la meditación. La meditación armoniza con el ejercicio como el pan con la mantequilla. Ejercicios como la gimnasia, el trote corto (jogging), pueden ser un buen preludio para la meditación. No es casual que las disciplinas monásticas tradicionales prestaran tanta atención al trabajo manual como a la meditación. Si, después de hacer ejercicio, dedicas un rato a que la mente y el cuerpo se calmen de esa estimulante actividad, probablemente alcances una relajación natural profunda que es una condición excelente para meditar. También puedes hacer ejercicio después de meditar. Cuando la finalizas y te levantas, la tranquilidad física y la claridad mental propias del estado meditativo liberan una especie de resorte que te conduce al ejercicio de la actividad con gran entusiasmo. Te encontrarás en un estado elevado y gozoso, como si la meditación realmente continuara todavía, y la misma actividad, correr, nadar, etc., fuera el objeto adecuado de la meditación. Mantén tu mente ligeramente enfocada en el aquí y el ahora, en la actividad corporal. Si has tenido una buena experiencia durante la sesión, manténte así.

Si durante la meditación utilizas un mantra silencioso, o un koan, continúa con ello. Además de los ejercicios hay otras actividades que también armonizan con la meditación. Nos referimos en concreto a la música, los juegos y el estudio. También aquí la meditación puede ser previa, posterior e incluso simultánea a esas actividades y, en cada caso, el efecto obtenido será diferente. La meditación también puede proporcionarte el ritmo interno y el equilibrio especial que te hace ser uno con la música, el juego y el estudio. Meditar después de estas actividades, garantiza la concentración y el mantenimiento de la esencia de esta experiencia. La meditación te tranquiliza y permite que tu psiquismo utilice la exaltación suave o vertiginosa de la música para hacerte uno con ella a un nivel profundo.

La meditación te aleja de la vehemencia del juego y te ayuda a aceptar con calma la derrota o la victoria, sellándola con tu alegría, transmutando tu energía y renovando tu descanso. Después del estudio, la meditación puede ayudarte a cristalizar en tu mente los puntos clave del material que debas comprender y recordar. En el cálido y complejo nido de las relaciones familiares, la meditación puede ayudarnos de dos maneras diferentes: puede proporcionar una compensadora sensación de identidad aparte del núcleo familiar y también puede suministrar una especie de “base de tranquilidad” desde la que afrontar los malos momentos. Cuando medites para alguien, mantén en tu mente su imagen o mira una fotografía suya, utilizándola como foco de tu meditación. Trata de mirarla sin pensar conscientemente en las expectativas que tengas. Limítate a visualizar a esta persona mientras te adentras en la meditación y, si es que piensas en algo, piensa que la misma realidad que tú alcanzas en tu meditación, la llames como la llames, está también en esa persona. Encontrarás con que, después de meditar en ella, nunca más pensarás del mismo modo en que lo hacías antes y probablemente verás, esa persona y tu relación con ella, más positivamente. También podrías intentar practicar, de vez en cuando, el ejercicio de “amar a tus enemigos”, meditando por aquellos con quienes peor te sientas, sea alguien próximo o no. Este ejercicio puede ser tan provechoso para ti como para ellos.

Después de meditar por una persona te parecerá difícil, si no imposible, odiarla. En realidad, después de meditar por alguien, podrás descubrir por ti mismo la bondad donde antes no la veías y tus relaciones mejorarán en todos los sentidos. 6. PONIÉNDONOS DE ACUERDO Si practicas la meditación, tu vida puede sufrir un cambio radical. Conviene que estés preparado para ello. La meditación puede ser mucho más que una práctica y convertirse en una fuerza sutil que reordene tu escala de valores y prioridades. El término radical significa “relativo a la raíz”, y, en ese sentido, la meditación es una práctica radical porque opera en la misma raíz de nuestro ser. La meditación te permite descubrir y experimentar un nivel de tu ser -o del ser universal- que está oculto detrás de los niveles más superficiales. Cuando llegas a experimentar algo diferente a los mecanismos y juegos habituales de conciencia, nunca más vuelves a ser el mismo.

La meditación igualmente te permite acceder a un manantial de recursos internos para afrontar, de un modo más real, tu propia vida. Otros resultados de la meditación pueden ser más perturbadores, por lo menos al comienzo, porque pueden conducirte a hacerte preguntas de largo alcance. La meditación puede cuestionar no sólo tus creencias vitales, sino también tus creencias filosóficas y religiosas. La meditación también puede conducirte a un encuentro más creativo contigo mismo abriendo tu mente a ciertas ideas e inspiraciones que permanecen selladas para la mente rutinaria. De ese modo puedes encontrarte con ideas que aparecen súbitamente, como un nuevo producto, una canción o un nuevo punto de vista sobre la vida y el ser humano. Si eres una de esas personas que cree que el arco iris es mejor que el cielo encapotado, y que contemplarlo bien merece aguantar un chaparrón, ponte a meditar y mira lo que sucede. La paz sea contigo. ANEXO EL MÉTODO DE LA AUTO-OBSERVACIÓN EN LA MEDITACIÓN La meditación consiste ante todo en no hacer nada, aunque estando presente para sí mismo, vigilante, intensamente despierto. Para comprender la esencia de la meditación es necesario acordarse de esta afirmación: que ya somos lo que aspiramos a ser, pero que no somos conscientes de ello. Supongo que conocen la imagen que he utilizado a menudo: “Todos estamos desnudos bajo nuestros vestidos”. Con las ropas, nuestra desnudez permanece invisible, pero ella está ahí. Simplemente hay que descubrirla, revelarla. Esto es lo que nunca debe perderse de vista en lo que concierne a la meditación. En la vida cotidiana, todos nuestros propósitos tienden a poner en acción las causas para producir ciertos efectos. En la meditación, no hay nada que producir; hay que descubrir. La meditación es la anti búsqueda. No hay necesidad de buscar al sí mismo; ¡ya lo somos! No es lo mismo que “llegar a ser lo que soy”, título muy expresivo, sino ser lo que soy. ¡Usted es la suprema consciencia! La meditación es ante todo una forma de estar, un estado de consciencia, inmutable, que escapa al tiempo.

Tratar de encontrar esta plenitud sin formas, no es tratar de ir más allá de la conciencia dualista limitada, sino más bien tratar de regresar a lo más próximo, regresar al origen. Podemos considerar este estado de meditación como la cesación momentánea de las funciones físicas, emocionales y mentales. La perfección de este vacío que es plenitud corresponde a lo que los budistas llaman nuestra naturaleza original y los hindúes Atmán. El estado de meditación es la no acción. Ahora bien, la meditación es una acción que necesita un tipo u otro de esfuerzo. Ahí reside la dificultad. Hay que distinguir entre concentración y meditación, distinguiendo también muy claramente entre los ejercicios preparatorios y la meditación propiamente dicha. Existen ejercicios que se consideran preparatorios, en realidad prácticas de entrenamiento de la atención que no hay que confundir con las cumbres de la meditación. Estos ejercicios suponen normalmente una acción y no una no acción, y no solemos denominarlos con el vocablo “meditación”, sino con la palabra “concentración”.

Todo ha sido experimentado en esta dirección, ya sea intentando la concentración sobre un objeto exterior, ya sea probando sobre una realidad interior. El objeto exterior puede ser simplemente un punto dibujado sobre una superficie vacía -concentro la mirada sobre este punto y no quiero perder la conciencia de éste- o bien un símbolo, una imagen a la que tengamos afecto. Uno de los mejores soportes de concentración es la llama de una vela, a la vez estable y cambiante, en la que el cerebro humano tiene una cierta facilidad para fijarse. También pueden intentar dirigir su atención sobre una realidad interior a ustedes. Los puntos de apoyo interiores más conocidos son el vaivén natural, espontáneo, de la respiración. Dirigimos nuestro interés hacia una sola realidad y probamos de cortar de raíz los pensamientos anexos, no deseados, adventicios, desde el instante en que aparezcan. Esto nos resulta más o menos fácil. Ser conscientes de la inspiración y de la expiración ofrece también la posibilidad de sentir en vez de pensar. Si nos sentimos unidos al vaivén de la respiración, silenciosamente conscientes de este flujo y reflujo, nos acercamos cada vez más a la fuente misma de esta respiración. Dejemos, pues, respirar al “aliento” y seamos “uno con” el movimiento de la respiración. Si queremos emplear la palabra en el sentido de ciertos libros, nos “identificamos” con el flujo y el reflujo de la inspiración y de la espiración, y, por ellos, con la energía de vida fundamental que nos anima. Es mejor escoger un objeto interior, como la sensación del propio cuerpo o el movimiento de la respiración.

Algunos días, la concentración se revela fácil; otros días, imposible. No obstante, como en todo lo que se ejercita, vamos progresando. Observen bien este punto: la concentración no pone en duda el estado de conciencia ordinario. Da simplemente una percepción del yo más tranquila, más estable; un punto de apoyo para encontrarse a sí mismo, una preciosa ayuda para vivir sin dejarse llevar totalmente por las emociones. La meditación -no la concentración- es, un no actuar; solamente ser. Y para conseguir esto es necesario no pensar más, permanecer instalado en el silencio, cosa que no se presenta fácil. En esta dirección, existen formas de meditación adversativa: yo no soy éste, yo no soy esto, yo no soy este cuerpo físico perecedero, yo no soy esta emoción cambiante, yo no soy este pensamiento ni el siguiente. Yo no soy nada de aquello con lo que suelo identificarme. No solamente yo no soy el cuerpo, yo no soy los pensamientos, sino que tampoco yo soy médico, yo no soy profesor, yo no soy padre de familia, éstas son solamente funciones mías. Para algunos, este paso se revela fructuoso; para otros, por el contrario, termina con el fracaso.

La forma más justa de meditación sería -y utilizo el potencial porque tal vez no nos sea accesible en seguida- buscar simplemente la inmovilidad y el silencio interior. Un método que se encuentra más o menos en casi todas las tradiciones no consiste en decidir no tener más distracciones ni asociaciones de ideas al menos durante una hora, sino, al contrario, aceptarlas y ver este juego de pensamientos, ya que, de todos modos, no se pueden evitar. Será, pues, necesario acomodarse a ellos. Advertencias por el estilo de: “No piensen en nada, hagan el vacío en ustedes”, son absurdas, ya que están pidiendo lo imposible. La meditación es ante todo la postura. La experiencia confirmada de generaciones de maestros y monjes ha demostrado la importancia de esta postura muy rigurosamente asumida: las rodillas apoyadas en el suelo, la estabilidad de la columna vertebral, la firmeza de la nuca, la posición de las manos representada en numerosas estatuas, con la mano izquierda sobre la mano derecha y los dos pulgares tocándose, ni bajadas ni levantadas, exactamente rectas.

Yo no me muevo más, pase lo que pase, y no dejo que las distracciones inunden la conciencia de la postura; ni sucumbir, ni agitar los dedos. Y, en el interior de esta inmovilidad física, el psiquismo puede dar rienda suelta a torbellinos de pensamientos, miedos, angustias, deseos irresistibles de moverse… La regla de juego es simple: “yo no me muevo, me concentro en la postura y al mismo tiempo vivo estas tempestades”. Todo esto es posible, no está por encima de nuestras fuerzas, y lo conseguimos mejor o peor según los días. Dejen hacer, no se identifiquen; se encuentran en lo que en la India se llama tradicionalmente “la posición del testigo”. Poco a poco percibirán que sus tempestades se apaciguan, que durante cinco minutos, diez minutos, no hay ni un pensamiento, o simplemente un pensamiento que pasa por el cerebro y desaparece; y empiezan a experimentar el substrato o el fundamento, es decir, la conciencia pura.

En resumen, podemos seguir en dos grandes direcciones. Una es la conciencia inmovilizada en un único objeto, exterior o interior, aunque se trate del objeto más escueto: el sí mismo. La mente está concentrada, como -imagen conocida- los rayos del sol a través de una lupa hasta encender una hoja de papel. Y la otra dirección -cada una tiene variantes- es: “No impedir el vagabundeo de pensamientos, percepciones, sensaciones interiores, movimientos emocionales, etc… pero no identificarse con ellos. Dejar hacer, no luchar, no interferir, mirar, ver, permanecer simplemente como espectador”. En este método no se busca la inmovilidad del pensamiento, sino ser el espectador de las asociaciones de ideas, en lugar de intentar eliminarlas. Esta posición de testigo es una disociación, pero no una dualidad, mientras el testigo sea neutral, sin enjuiciar nada, sin apreciar los pensamientos nobles, ni despreciar los pensamientos vulgares: testigo justo. Sin duda alguna, les aconsejo esta forma de meditación. Para ejercitarse en este vacío, en este silencio, existe un método fácil. Tomen conciencia de ustedes mismos aquí y ahora: “Yo soy”, eso es todo, y saben que una imagen, un pensamiento, una forma, va a aparecer en uno, dos o tres segundos.

Lo sé y no lo rechazo; y no me agoto más luchando contra las distracciones. Por un instante dejo de pensar (es posible) y miro lo que sucesivamente va a comparecer en la mente. Este es el primer ejercicio en este método. Voy a ir observando, a medida que aparezca, lo que vaya surgiendo de lo más profundo de mí mismo. Me relajo tanto como puedo. Aparece una idea, una imagen. La compruebo, tomo nota y no me dejo arrastrar por ella. Poco a poco les será posible observar cómo se asocian sus pensamientos, verse soñar, por decirlo así, permaneciendo siempre centrados, permaneciendo siempre como espectadores. Millares de posibilidades están incluidas en su mente y ustedes ignoran cuál es la que va a aparecer. Si hacen lo que les propongo, es decir, empezar por relajarse durante algunos segundos, la imagen o la idea que aparecerá será totalmente inesperada. No será: “Tengo que escribir a Miguel” o “¿Qué es lo que habrá para comer hoy?”. Lo que ocurrirá, si verdaderamente “han hecho el vacío en ustedes”, es mucho más sorprendente. Para empezar, no intenten comprender por qué es esta idea la que ha aparecido, sino simplemente “véanla”. Ahora aparece una segunda idea que no tiene ninguna relación con la primera.

Relájense de nuevo. Tercera imagen que no tendrá ninguna relación con la segunda. Vayan aceptándolas a medida que aparezcan. Esto no parece trascendental, pero puede ser el principio de la más alta meditación. Con un poco más de práctica, pueden superar lo que acabo de llamar “una idea tras otra idea”; podrán dejar vagabundear a la mente, conservando siempre sin esfuerzo heroico la posición de testigo, como si fueran verdaderamente conscientes de que están mirando una película, ya no una serie de diapositivas, sino una película con un argumento, un tema. Lo conseguirán rápidamente. Las observarán como si no les concernieran, aunque, en realidad, desde otro punto de vista, están totalmente implicados, ya que son sus propios ensueños dentro de su propio cerebro. Se encuentran en la orilla y ven cómo fluye el río de su cine interior. Esta vigilancia va a crecer con la práctica. Lo que les es muy difícil hoy, se volverá más fácil dentro de tres meses, y todavía más fácil dentro de un año.

Hacia lo que se dirigen ustedes, es hacia la conciencia pura infinita, no condicionada, más acá, en lo más profundo, antes de que aparezcan las categorías del tiempo, del espacio y de la causalidad. ¡Ser exactamente lo que soy! Fundamentalmente, esencialmente, la meditación es un no hacer, no actuar, un no esfuerzo. Esto no debe olvidarse nunca. Toda clase de elementos impuros del ego, más o menos conscientes, van a inmiscuirse en su práctica, como el deseo de triunfar. La meditación no es ni tan siquiera una búsqueda: es el silencio, un silencio cada vez más profundo interiormente. Sin poner el acento en la presencia de sí mismo sino en la desaparición de sí mismo. La meditación es un borrarse, un silencio, una apertura, por lo tanto, una aceptación, un no conflicto. No mediten nunca “contra”… contra su mediocridad, contra su sentimiento de inferioridad, contra su no liberación, ni siquiera contra las distracciones. Y no mediten jamás “para”, es decir, con una finalidad en el futuro: para mi liberación, para mi sabiduría. Porque esto implica siempre dualidad: “yo no soy sabio, quiero ser sabio. No mediten ni “contra” ni “para”. Dicho de otra manera: la palabra maestra de la meditación es la palabra SI. Durante demasiado tiempo puede haber meditado a partir del NO: no a las asociaciones de ideas, no a las contracciones musculares, no a mis debilidades, no a todo lo que yo he sido y a lo que no he sido, en nombre de lo que aspiraba a ser, aunque éstas fueran muy nobles aspiraciones. “Aspiro a SER, permaneciendo vigilante”; he ahí la cumbre de la meditación.

El mundo va a dividirse en dos: lo que favorece su meditación, o lo que ustedes llamen una meditación acertada, y lo que aparece para perturbar su meditación, o a lo que llamen una meditación fracasada. Ni pro, ni contra. Y, para empezar, la aceptación de lo que les parece decepcionante, no deseado, pero que está, aquí y ahora. Será necesario superar la distinción “meditación no meditación”, momento de meditación en la calma y momento de vuelta a la vida, hasta que ambos se confundan. La vida entera se vive entonces sobre un fondo de meditación. La mitad de los obstáculos a la meditación desaparecerán en algunas semanas cuando hayan decidido vivir conscientemente.

Desde el principio, siendo lo que yo soy, presiento y me abro a una comprensión. La meditación conduce a un silencio y a una apertura para que el “Yo” se manifieste. Ella supone, simultáneamente, la vigilancia y el no actuar. Todo lo demás es preparación para que esto suceda.

Luz Stella Solano Montes | Nueva HumanidadAlberto Merlano Alcocer. 

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