DESDE TIEMPOS INMEMORIALES ALGUNOS ANTIGUOS SABIOS CHINOS ACUÑARON UN CONCEPTO SU PRÁCTICA NOS PERMITE

encontrar dentro de nuestro propio ser las respuestas a las preguntas que la vida nos plantea. OSHO, un gran maestro espiritual decía que jamás había que preguntarle a alguien que estaba bien o que estaba mal pues la vida que cada uno de nosotros vive es un experimento para averiguarlo. Las buenas respuestas a nuestros interrogantes internos nos conducen a vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, las malas logran el efecto contrario.

Escucharnos a nosotros mismos tiene dos componentes: Aprender a contactarnos con nuestros sentimientos, experimentándolos y abriéndonos a lo que nos quieran decir y dialogar con nuestro súper yo. Los sentimientos representan la síntesis corporal de nuestros pensamientos conscientes e inconscientes. Aceptarlos nos abre las puertas a la compresión de qué los origina, produciendo información muy clara de nuestra programación interna.

El súper yo es ese lado de nuestra personalidad que indica, según la etapa evolutiva en la que estemos y las circunstancias que estemos viviendo, qué es lo mejor para cada uno de nosotros. Puede ser considerado como una especie de maestro o guía interno.

LA VOZ INTERIOR NO ES INFALIBLE

pues se alimenta de la información que le proporcionamos, de nuestra capacidad de organizarla y extraer conclusiones de ella y de los paradigmas propios de nuestra educación; pero representa, equivocada o no, nuestra guía más confiable. Tal vez por ello, la mayor parte de las religiones la consideran en asuntos de conciencia, el tribunal de última instancia. El súper yo puede ser educado a través del diálogo interno, desactivando las grabaciones obsoletas que aún funcionen en él y programándolo con la información actualizada proporcionada por la propia experiencia existencial; de esta manera lo transformamos de crítico improductivo en cómplice de nuestro desarrollo.

Para lograrlo, según Carl Rogers, destacado psicólogo contemporáneo ya fallecido, debemos analizar la pertinencia de nuestros “deberías”, dejar de satisfacer expectativas ajenas, comenzar a auto orientarnos y abrirnos a la experiencia. El oír nuestra voz interior nos torna irremediablemente creativos, pues cada ser humano ve el mundo en forma diferente a cualquier otro. Al tomar una decisión esperemos sentirnos totalmente identificados con ella, sin conflicto interno con la misma; solo en ese momento ejecutémosla.

El estado de calma al que finalmente llegamos es sintomático de que se ha logrado la armonía interior necesaria para poder asegurar que la decisión tomada representa en ese momento existencial, lo mejor para nosotros. En la duda, abstengámonos, hasta que la paz interior producto de la decisión a la que tentativamente hayamos llegado, se haga presente.

Una vez hayamos hecho lo anterior sigamosla tan impecablemente como nos sea posible, sin permitir que nada externo nos aparte de ella, pues nuestra primera obligación es ser fieles a nosotros mismos aunque para ello algunas veces tengamos que ser infieles a las expectativas de los demás.

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