En  lo que nos rodea, a medida que nos desarrollamos desde que somos niños, la sociedad nos enseña a poner “etiquetas” de lo que está bien y de lo que  está mal, en muchos casos, sin tener en cuenta los verdaderos valores que como seres humanos debemos practicar. En el interior del ser humano se encuentran sentimientos no resueltos, de los cuales la mayoría de las veces no somos conscientes. Los sentimientos escondidos, a veces muy secretos de dolor, suelen transformarse en enfado, y con el tiempo este enfado se vuelve sobre nosotros mismos, dando paso a la depresión, a la tristeza y al auto-rechazo. Estos sentimientos pueden tomar muchas y muy variadas formas de expresión: odiarnos a nosotros mismos, ataques de ansiedad, cambios de humor repentinos e incontrolados, culpas, pesimismo, impotencia, reacciones exageradas y destructivas. La falta de autenticidad y seguridad en sí mismo genera mayores dificultades tales como:

  • Enfermedades psicológicas
  • Depresión.
  • Neurosis
  • Timidez
  • Vergüenza.
  • Miedos
  • Trastornos psicosomáticos.

La autoestima moldea nuestras vidas, creando la forma de percibirnos y valorarnos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, negamos nuestras propias posibilidades. Esto sucede porque así nos lo hicieron sentir con mensajes de aprobación o rechazo, recibidos de personas importantes en nuestra vida, que nos honran o denigran. Los mensajes de comparación con los demás, acentuando las virtudes y habilidades de éstos, haciéndolos aparecer ante nuestros ojos como superiores, más inteligentes, más hábiles y creativos, crean un sentimiento de inferioridad y el convencimiento de que nunca podremos alcanzar los rendimientos que otros logran, viviendo una existencia sin finalidad, sin sentido y sin valor. Cuando los seres importantes de nuestra vida nos descalifican, la existencia se reduce a una existencia vacía, insustancial y ausente.

Se nos hace imposible comprender la belleza que encarna cada ser en sí mismo, ignorando que somos criaturas únicas e irrepetibles y viéndonos a nosotros mismos como inferiores a los demás. El ambiente familiar es un factor determinante en la formación de la misma, integra valores, reglas y costumbres que pueden ser dañinas y contraproducentes.

Una familia que encaja dentro de parámetros socioculturales rígidos y exigentes, que responde a modelos cuadriculados de apariencia, donde se otorga gran importancia al “qué dirán” a las opiniones ajenas, a la posición social, los bienes materiales, las posesiones y el poder económico, crea un alto grado de competitividad y brinda toda serie de estímulos negativos y creencias falsas. Aprender a querernos y respetarnos, es algo que se construye por dentro, el ambiente familiar en el que vivimos da el impulso y nos anima a alcanzar los propósitos deseados, o nos arruina y devora nuestros deseos de superación.

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