A veces nos quejamos de nuestra familia, porque no son como quisiéramos que fueran, porque no hacen las cosas que nos gustaría que hicieran o por múltiples razones.

Todas las relaciones son vulnerables, los amigos a veces ocasionales, otras la pareja temporal pues hoy los noviazgos y los matrimonios se acaban incluso con la misma rapidez que comienzan, los compañeros de estudio o de trabajo transitorios y muchas otras relaciones de momento o pasajeras.

¿Finalmente que nos queda? En los andares de la vida suele suceder que hay momentos en que inevitablemente queremos regresar al cálido nido donde un día fuimos protegidos. Irremplazables los brazos de la madre, inigualables los consejos de un padre, las suaves caricias de los abuelos, las tiernas peleas con los hermanos. Las alegres y alborotadas reuniones familiares, que en pocas horas se convierten en recuerdos imborrables, pues los primos y las tías ya entraron para siempre en nuestras vidas.

La familia se parece a un gimnasio de entrenamiento. Asistimos a él voluntariamente, disfrutamos cuando vamos, lo extrañamos cuando nos ausentamos. Nos hace sudar, nos exige rendimiento y  un continuo entrenamiento.

La familia nos entrena en los quehaceres de la vida, nos forma con templanza en la paciencia y la constancia,  todos juntos o por separado recorremos un camino común, pues vinimos a esta vida a saldar viejas deudas que posiblemente fueron en otras vidas adquiridas, o también puede ser que nos falte completar una lección que antes no logramos finalizar.

No importa cuál sea la causa que nos haya reunido en esta vida, hay un camino que juntos debemos recorrer y lo podemos hacer mediante una amorosa conexión y una alegre aceptación.

Ellos van con nosotros por el camino de la vida, acompañándonos unas veces, discutiendo otras, distanciándonos algunas, reuniéndonos después, hasta que un día, cualquiera de los miembros de este extraño clan llamado familia parte inesperadamente, todo se sacude, nos quedamos sin aliento y la sorpresa nos invade, corremos afanados al encuentro que la tristeza nos ha forzado y en esos momentos de dolor y desconcierto, comprendemos que aunque seamos los jugadores de un campo de entrenamiento, unas veces duro, otras feliz y relajado, son nuestro tesoro del que nunca queremos separarnos.

Cuando se reúne la familia pone a prueba la entereza, la humildad y la generosidad no se pueden ausentar de esta loca y extraña relación, que en todo caso en la presencia o la distancia te obliga a practicar la tolerancia, la entrega y el amor.

Ella te eleva la conciencia, te obliga a comprender la grandeza del amor, pues a pesar de los desacuerdos, las discusiones o situaciones de dolor, estar juntos, reunidos, apoyándonos entre todos, para bien o para mal, será el sustento en nuestras vidas, el consuelo ante el sufrir, la alegría compartida y la dicha de existir, ella aunque nos neguemos nos obliga a aceptar lo inaceptable, a ceder lo inimaginable, a perdonar lo imperdonable.

De esta manera, aunque la jornada sea dura, la familia nos ayuda a llevar la carga y a mitigar la desventura, equilibra nuestra alma y al corazón la llena de calma y de dulzura.

La familia nos entrena a hablar con precaución, a tranquilizarnos y no subir el tono sin medición, a superar el roce y la fricción, a amar sin condición, a comprender sin restricción y sobre todo a disfrutar la dicha de estar juntos sin malestar ni discusión.

Luz Stella Solano Montes | Nueva HumanidadLuz Stella Solano M. 

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