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En el Universo existe un orden perfecto cuya comprensión muchas veces escapa a nuestro entendimiento. En la mayoría de los casos percibimos el entorno como un dominante “caos” producto de lo que hemos llamado “mala suerte”; por ello nos resistimos con absoluto desdén a aceptar lo que nuestra “mala suerte” trae para nosotros, sin darnos cuenta de que al hacerlo estamos yendo en contra del fluir del Universo, de la vida y de sus leyes.

 

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En el Universo existe un orden perfecto cuya comprensión muchas veces escapa a nuestro entendimiento. En la mayoría de los casos percibimos el entorno como un dominante “caos” producto de lo que hemos llamado “mala suerte”; por ello nos resistimos con absoluto desdén a aceptar lo que nuestra “mala suerte” trae para nosotros, sin darnos cuenta de que al hacerlo estamos yendo en contra del fluir del Universo, de la vida y de sus leyes.

Cuando nos cansamos de esta “mala suerte” porque no nos permite vivir en plenitud con satisfacción y armonía, entonces empezamos a pensar que debe haber una manera diferente de vivir para lograr la paz y la felicidad, emprendemos la búsqueda y nos encontramos con que el ser humano vino a aprender y a ese proceso se le llama evolucionar.

Nos dicen que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios ¿será esto cierto? Si es así, eso significa que podemos comunicarnos con él, y a su vez él se comunica con nosotros. Surge entonces otra pregunta: ¿cómo se comunica con nosotros? Uno de los medios de comunicación a través del cual el universo se comunica con nosotros son sus Divinas Leyes. Estas leyes son las guías, las señales que recibimos permanentemente, cuando las escuchamos y estamos atentos a ellas nos ayudan para que nuestro proceso de aprender de la vida, sea más sencillo y agradable.

En ese continuo aprender, inicialmente sin ser conscientes de ello, nos acostumbramos a llamar milagro a todo suceso que no somos capaces de explicar, por ser incomprensible para nuestra lógica humana; lo que no comprendemos ni sabemos cómo ocurre lo atribuimos a la “buena o mala suerte”, al “azar” o a la famosa “casualidad”, porque en ese momento desconocemos la existencia de leyes superiores que rigen nuestra vida.

Simplemente olvidamos que todos los sucesos y experiencias que se presentan en nuestra vida y en la de los demás tienen una razón de ser que no siempre comprendemos, pero que inevitablemente se encuentra vinculada a las Leyes Universales, ejemplificadas desde tiempos bíblicos con la famosa frase que afirma: “No se mueve la hoja de un árbol sin la voluntad de Dios”, pues desde esta época se reconocía el gobierno de las leyes superiores sobre lo material. Por ello es imposible hablar de “suerte”, “azar” o “casualidad”, porque todo cuanto existe y ocurre en el universo se encuentra milimétricamente calculado y dispuesto por leyes exactas y precisas que nos rigen.

Cuando comprendemos que no existe la “mala suerte”, ni la “casualidad”, ni mucho menos un Dios que abandona o castiga, estamos dando el primer paso hacia un camino que nos permitirá inicialmente aceptar y posteriormente comprender, que existen unas leyes que rigen nuestro diario vivir, pero que, además nosotros los seres humanos precisamos aprender a reconocer, aceptar y obedecer. Una vez que ya podemos reconocer que existen leyes y que nos hablan a través de señales en la vida, comenzamos a fluir con ellas; abandonamos la lucha, el sufrimiento y la resistencia, para finalmente abrirnos íntegramente y sin reservas a recibir todas las cosas maravillosas que la vida nos ofrece.

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