El concepto de la propiedad causa un gran mal a la sociedad, reduce al ser humano a la lucha por la supervivencia tratando de conservar todo aquello de lo que se cree dueño.

 

No somos dueños de nada ni de nadie.

El concepto equivocado que tenemos acerca de la propiedad privada aleja a las personas y causa daño muchas veces irreversible en las relaciones humanas, induce a una lucha continua y permanente por conservar aquello que considera suyo, a ejercer sobre las propiedades y las personas derechos que no existen.     

Acabar con el principio de posesión y territorialidad comprendiendo que “No somos dueños de nada ni de nadie, solamente administradores temporales de algunas cosas” que el Padre nos ha entregado para disfrutarlas de forma transitoria, permitirá mejorar nuestras relaciones y calidad de vida.

El ser humano en su ignorancia se considera dueño y señor de las cosas, creencia que lo lleva a luchar continuamente para conservarlas y atesorar cada día más y más bienes materiales, centrando en ellos su felicidad, sin darse cuenta de que los puede perder en cualquier momento, precisamente porque no es su dueño, sino un simple administrador temporal.

Mientras exista el concepto de posesividad no puede haber acuerdos de respeto en el comportamiento y en el compartir; la frontera será necesaria. La incapacidad de relacionarnos se manifiesta en las fronteras que establecemos.

El ego dominante:

Una de las fuentes de mayor sufrimiento para el ser humano está sustentada en la necesidad de un ego dominante de poseer y dominar no solo las propiedades sino además a las personas, en especial aquellas que reciben el nombre de “seres queridos”, a quienes queremos tanto que tratamos de imponerles nuestras ideas y creencias, exigirles que tengan comportamientos según nuestro código de ética o parecer, sin tener en cuenta que ellos tienen es suyo y que es igualmente valioso y respetable.

La creencia de que somos o debemos ser dueños de las personas y las cosas, el deseo de dominio y control sobre los bienes materiales hace que las relaciones de pareja, de padres e hijos, hermanos y familia en general, que son las más cercanas, se convierten en territoriales y lucha de poderes, donde cada uno está tratando de imponer por la fuerza algo a los demás; todos quieren ser dueños de las cosas, manejarlas a su antojo y propia conveniencia y en lo que a las personas se refiere busca imponer su criterio y códigos de comportamiento.

Esto se refleja mucho en el caso de herencias puesto que hace bastante difícil una justa repartición de los bienes heredados. Suele suceder que algún miembro de la familia quiere tener el control de las posesiones e imponérselo a los demás, porque desde su concepto es la persona idónea para administrar los bienes familiares y está completamente convencido de que así es, cree tener la razón.

La incapacidad de relacionarnos armónicamente se sustenta en que creemos tener la razón y que el otro está equivocado. Esta posición mental errada, posesiva y autoritaria muestra la voluntad del hombre de ejercer dominio sustentada en conceptos y creencias personales que conforman el ego y la personalidad.

Nada de lo que tenemos es nuestro:

Los bienes materiales que hoy tenemos son transitorios y así como algún día llegaron a nuestras manos para ser administrados, de igual manera en cualquier momento se irán y pasarán a ser administrados por otros. No somos dueños de las cosas, aunque tengamos títulos de dominio material expedido por las normas humanas, puesto que estás se usan con el propósito de poder administrar las cosas de una manera más eficiente, pero desde las leyes divinas, en cualquier momento por muchos títulos que tengas pueden desaparecer.

Por esta razón, todo lo que se pueda ir de nosotros mediante un robo, una estafa, una situación familiar, una catástrofe de la naturaleza o un accidente cualquiera no es nuestro, nos es permitido disfrutarlo y administrarlo, pero no nos pertenece.

Lo único que es nuestro y que nunca podremos perder son nuestros valores internos, la sabiduría que vamos adquiriendo en la medida en que vamos evolucionando, eso permanecerá eternamente con nosotros, lo demás es temporal.

En lo que se relaciona a las personas o “seres queridos” pues sucede algo similar, todos están presentes en nuestras vidas de manera temporal y nosotros en las de ellos, no sabemos en qué momento la vida nos puede separar de forma circunstancial o definitiva, lo único cierto es que las personas están presentes en nuestra vida en cualquier tipo de relación es para que las aprendamos a tratar con amor y respeto, para disfrutar su compañía y poder compartir con ellas.

Nadie sabe por cuánto tiempo puede disfrutar de una relación, pues puede llegar a su final de manera inesperada y definitiva, por eso cada minuto cuenta para ser felices, para amarnos, disfrutarnos y agradecer la dicha de compartir.


Los seres queridos no están en nuestra vida para controlarlos sino para amarlos. 


Luz Stella Solano M.

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