En la antigua china vivía un viejo y pobre campesino, cuya única propiedad era un maravilloso semental blanco, incluso el mismo emperador soñaba con poseer este caballo. Le ofreció al anciano sacos llenos de oro y diamantes, pero el viejo negó tercamente con la cabeza, y dijo: “No necesito nada, el blanco me sirve desde hace muchos años y se ha convertido en mi amigo. Y a un amigo no se le vende ni por todo el oro del mundo”.

Y así, los ministros del emperador tuvieron que retirarse sin haber logrado su propósito.

La gente del pueblo se rio de tanta insensatez, ¿Cómo podría el viejo rechazar tanta riqueza y felicidad por un caballo?

Un día, el caballo desapareció. Los aldeanos se reunieron excitados delante de la cuadra, para lamentarse de la desgracia del viejo campesino.

“Di viejo, ¿ha valido la pena tu fidelidad? Podrías ser un hombre rico si no hubieras sido tan terco. Ahora eres más pobre que antes, ahora no tienes ni caballo para el trabajo ni oro para vivir. ¡Ay, qué desgracia más grande!”

El anciano miró circunspecto alrededor, asintió pensativo con la cabeza, y dijo: “¿De qué habláis? El caballo ya no está en la cuadra, es lo único que veo. Quizás es una desgracia, quizás no lo sea. ¿Quién lo puede saber con certeza?

La gente se alejó cuchicheando. El hombre tenía que haber perdido la cabeza por el sufrimiento, pues de otra forma no se explicaban sus palabras.

Unos días más tarde, un día de primavera soleado, cuando la gente del pueblo trabajaba en los campos, vieron llegar al semental extraviado galopando y relinchando ruidosamente por las calles del pueblo.  El sol relucía en su pelo; su crin y su cola flotaban al viento como finos hilos plateados. Era un espectáculo maravilloso verlo galopar con fuerza y donaire. Pero no era solo su grandeza lo que dejó a los aldeanos con los ojos abiertos de sorpresa, más impresión causaron las seis yeguas salvajes que trotaban tras él y que le siguieron a la reata abierta al lado de la cuadra vacía.

“¡Oh, qué hombre más afortunado y bendecido por los dioses!” Ahora tiene siete caballos y finalmente eres rico, pronto se llenarán tus pastos de potrillos, ¿Quién hubiera pensado que fueses bendecido con tanta suerte?, exclamaron, mientras felicitaban al viejo por su inesperada riqueza.

El viejo miró impasible a la excitada multitud, y contestó: “Vosotros no sabéis lo que decís, nadie sabe si esto trae dicha o desdicha, siempre ven solamente fragmentos y no se dan cuenta que no se puede juzgar el todo por ellos”. La vida es infinitamente variable y está llena de sorpresas.

Los aldeanos le escucharon sin comprender, la impasividad del anciano era simplemente increíble, por otro lado siempre había sido un poco raro. Bueno, ellos tenían otros problemas de los que preocuparse y no iban a hacerlo por un viejo loco.

El viejo campesino tenía un hijo, quien comenzó en las semanas siguientes la doma de los caballos salvajes para acostumbrarlos a la silla de montar. Era un joven impaciente, y así sucedió que montó a una de las yeguas antes de tiempo. Cayó de la montura con tan mala suerte que se fracturó ambas piernas en varias partes. Aunque la sanadora hizo lo que pudo, estaba claro para todos que las fracturas nunca sanarían totalmente, por lo que el resto de su vida sería un inválido.

De nuevo se reunió la gente delante de la casa del viejo, y se lamentaban: “¡Ay, pobre de ti, viejo!” Ahora tu dicha se ha tornado en desdicha. Tu único hijo, el apoyo de tu vejez, es ahora un inválido desamparado que en nada te puede ser de ayuda. ¿Quién te alimentará y realizará el trabajo cuando no te queden fuerzas? “¡Qué duro te debe parecer el destino que te ha traído tal desgracia!”.

El anciano volvió a mirar a su alrededor, y contestó: “Estáis obsesionados por juzgar y dibujáis el mundo de blanco y negro. ¿No habéis comprendido todavía que solo percibimos fragmentos de la vida? La vida se nos muestra en pequeños sectores, pero vosotros creéis que podéis juzgar el todo. La realidad es que mi hijo se ha fracturado ambas piernas y que nunca podrá andar como antes. Conformaos con esto. Si es dicha o desdicha, ¿quién lo sabe?

Tiempo después el emperador se preparó para la guerra contra un país vecino. Los esbirros cabalgaban por el país llamando a filas a padres e hijos que tenían obligación de prestar servicio militar. El pueblo entero se llenó de lamentos y de luto, porque todos sabían que la mayoría de los hombres no regresarían de esta guerra sangrienta y sin esperanza.

Otra vez, como antes, la gente del pueblo corrió a la casa del viejo campesino: “Qué razón tenías, tu hijo inválido te trae suerte, aunque ya no podrá serte de gran ayuda al menos se queda contigo. Seguramente nosotros no volveremos a ver a nuestros queridos hijos que parten hacia la guerra. Sin embargo, tu hijo estará contigo y con el tiempo seguro que volverá a ayudarte. ¿Cómo nos ha podido caer tal desgracia? ¿Qué debemos hacer?

El viejo miró pensativo los rostros desdichados de sus vecinos y entonces respondió: “¡Ojalá pudiera ayudaros a ver más a fondo de lo que hasta ahora podéis! Vosotros veis la vida por el ojo de una cerradura y, sin embargo, creéis ver el todo. Ninguno de nosotros sabe de qué se compone el gran dibujo, lo que parece una gran desgracia en este momento puede resultar, en el instante siguiente, una dicha. Por otro lado, aquello que parece una desgracia puede, pasado el tiempo, resultar una fortuna, y al contrario. Decid simplemente nuestros hombres van a la guerra y tu hijo se queda en casa. Lo que resultará de todo esto nadie lo sabe. Y ahora volved a casa y compartid el tiempo que os queda”.

Moraleja.   

A muchos nos pasa como a los aldeanos de esta historia. Cada vez que sucede algo en nuestra vida, reaccionamos ante las apariencias, nos formamos una opinión y calificamos el hecho. Dependiendo de si nos agrada o no el hecho, nos sentimos dichosos y en el cielo o por el contrario caídos en desgracia y hundidos en el abismo.

Sin embargo, todos hemos experimentado que la suerte y la desgracia algunas veces cabalgan cogidas de la mano. Unas veces algo que nos trae profunda felicidad con el tiempo, se ha desenmascarado como algo que contenía la semilla de una futura desdicha.

Tenemos tendencia a creer que los sentimientos y los acontecimientos tienen un principio y un final claramente definidos. Si observamos de cerca el escenario de la vida, parece que nos movemos en un torbellino de momentos que se siguen unos a otros sin que sepamos a ciencia cierta cuál será el desenlace final.

Al igual que un círculo, en la vida el principio y el final se funden el uno con el otro, y solo se puede fijar el comienzo y el final arbitrariamente como sucede con las polaridades, y es por medio de ellas que juzgamos y definimos el mundo y la vida, sin comprender que somos como un barco en alta mar que no ve nada en el horizonte, pero sabe que llegará a puerto en poco tiempo, si se deja guiar por la brújula que le muestra su norte definido.

Independientemente del estado de ánimo de un determinado momento (feliz, infeliz, intermedio), intenta vivir el momento presente sin expectativas ni calificativos; todos los momentos son únicos y maravillosos, ya sean de nuestro agrado o desagrado. Todos nos están enseñando algo, nos muestran un camino que seguir, ninguno mejor que otro, solo diferente.

La vida es una experiencia hermosa que vivir, a veces hay momentos tranquilos donde nos sentimos relajados y a gusto, otras vienen las tormentas y debemos actuar y resguardarnos, no obstante, ellas se encargan de limpiar y dejar todo listo para el momento siguiente nuevamente calmado. Cada momento tiene su encanto, cada uno su sentido y su legado, unos más agradables y otros menos, pero todos valiosos y necesarios.

Aprendamos a vivir serenos y seguros de que todo lo que sucede tiene un sentido y es una amorosa lección de la vida para que seamos más fuertes, para que desarrollemos habilidades y destrezas y vivamos en paz y felices. Seamos caminantes de la vida convencidos de su grandeza y agradecidos por nuestra existencia.

Los que verdaderamente saben vivir flotan como corchos por el rio de la vida. Unas veces nadan tranquilos dejándose llevar por la corriente que está calmada y solo fluye, otras están amenazados por fuertes remolinos que amenazan con hundirlos, de vez en cuando se salen del cauce del rio para ir a parar a las orillas hasta que una fuerte corriente vuelve a arrastrarlo.

Para ellos la vida no es un viaje tormentoso lleno de angustia por tener un final desconocido, es un camino incognito y desconocido, lleno de aventuras, momentos emocionantes, retos tentadores y tramos serenos y pausados. Si contemplas solo el paisaje por el que viajas, posiblemente te perderás el río en su totalidad; disfruta cada instante desde el manantial que lo origina, hasta su desembocadura en el mar.

No existe la suerte, no existe la casualidad, todo se da y sucede por alguna razón, tiene un propósito y una intención, tiene un porqué y un para qué, aunque sea desconocido para nosotros, y siempre detrás de cada suceso hay un acto de amor del Creador que continuamente derrama bendiciones sobre sus hijos.

La vida es bella, es un regalo, es un misterio y está en tus manos disfrutarla o desperdiciarla, la evaluación correcta de las circunstancias depende exclusivamente de ti mismo.

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